
Baleares sigue a la cabeza en España en cuanto a número de donaciones de órganos por habitante, liderando unas brillantes cifras que son muy positivas y que hablan de la gran solidaridad de las personas que vivimos en nuestra comunidad.
Aunque los datos ya de por sí solos bien merecen un titular por el que estar orgullosos, cabe ahondar un poco más en el porqué del éxito. ¿Dónde radica que un asunto tan vital funcione de maravilla? Debemos convenir que se están haciendo muy bien las cosas tanto desde la administración sanitaria como desde, por ejemplo, la Asociación para la Lucha Contra las Enfermedades de Riñón (ALCER) que preside una eficaz Manuela De la Vega. Sólo en los primeros 5 meses que llevamos de 2009, las donaciones en el archipiélago se han incrementado en un 27%. Se han extraído 66 de 19 donantes entre enero y mayo. En concreto, se contabilizaron 36 riñones, 17 hígados, 3 corazones, 6 pulmones y 4 páncreas, según la Coordinación Autonómica de Trasplantes de las Islas (CAT-IB).
La donación de órganos aumentó en este periodo un 12% comparado con el mismo periodo de 2008 y se prevé acabar 2009 con 45 donantes. Tenemos ahora una tasa de donación, según el conseller de Salut, Vicenç Thomàs, de 44,9 donantes por millón de habitantes. Siempre se dice que donar sangre es donar vida. Si extrapolamos ese contexto al de los órganos llegamos a la conclusión que donar órganos no es sólo donar vida, sino más bien mucha vida, muchísimos años de vida. Lo más enriquecedor de las consecuencias de ser una tierra solidaria en cuanto a donaciones de órganos radica en que si cogemos calculadora en mano, según Conselleria de Salut, con los órganos aportados a personas que esperaban sus particulares trasplantes, se ha ganado la friolera cifra de 585 años de vida.
El baremo es sencillo: se elucubra científicamente con la posibilidad de que un único órgano regale 30,8 años de vida. Imagínense para esa persona que cree estar sometido a un aparato de diálisis in eternum o que sabe que su corazón no puede dar más de sí, lo que supone ser trasplantado.
Más allá de una estadística que indique que el paciente puede vivir 31 años más a partir de la operación y, siempre que no haya rechazo, la felicidad para él, su familia y amigos es inmensa.
¡Cuántas cosas puede hacer una persona en la vida en un año como para que gracias a una buena gestión por parte de las instituciones sanitarias y asociaciones, sin olvidar el carácter solidario de los donantes, tenga la posibilidad de alargar su vida 3 décadas! Bien es cierto que cuando estamos bien de salud, cuando no tenemos ningún percance serio, debido a la gran marea diaria de la monotonía, estrés, competitividad y ambición en la que estamos inmersos, no nos detenemos a reflexionar sobre la importancia de que todos nuestros órganos vitales vayan como un reloj. Por tanto, poniendo los puntos sobre las íes, cabe señalar que el trasplante de órganos y tejidos es, actualmente, una técnica habitual en la práctica médica diaria que mejora las condiciones de vida de algunos enfermos y ofrece a otros la única esperanza de vida que tienen.
Donar órganos debiera ser casi obligatorio puesto que no tiene sentido que se desperdicie una parte de nuestro cuerpo que tanta luz al final del túnel puede albergar para el que espera un milagro. Si nosotros ya no vamos a necesitarlo, ¿por qué negarse a ello? Todavía son muchos los familiares que se niegan, en contra de la voluntad del difunto, a un acto tan altruista como inteligente. Como bien expuso hace días Manuela De la Vega, gracias a los donantes renales hoy viven 22 mil personas en las islas. Sigamos con esta magnífica tendencia.