
La visión en el agua constituye una problemática específica en la que merece la pena profundizar. Así, por ejemplo, con relación al aire, la visión en el medio marino sufre numerosas modificaciones, ligadas al índice de refracción del agua, a la absorción selectiva de la luz y al empleo de gafas. Estos y otros aspectos condicionan la práctica del submarinismo hasta el punto que determinadas personas, aquejadas de determinadas patologías, deberían abstenerse de desarrollar esta actividad.
Los hipertensos, los diabéticos y las personas que presentan discrasias sanguíneas conforman el grupo del colectivo que, con el fin de proteger y preservar su salud, deberían renunciar a la práctica del buceo. Alos miopes, por su parte, les conviene someterse a un examen oftalmológico previo para obtener su correspondiente certificado de su aptitud, o en su caso ser declarados inaptos en caso de que la pruebe detecte la existencia de lesiones degenerativas.
Los glaucomatosos hipermétropes y las personas que hayan superado la barrera de los cuarenta años también deberían pasar una revisión. Los sujetos con glaucoma de ángulo estrecho se arriesgan, cuando vuelven a emerger a la superficie,a ser víctimas de un episodio de glaucoma agudo por cierre del ángulo. En cambio, los glaucomatosos crónicos con ángulo abierto, si están correctamente tratados y su campo visual es normal, pueden practicar perfectamente el submarinismo sin ningún tipo de problema. Finalmente, es mejor que los afáquicos y pseudoafáquicos (operados de cataratas) renuncien a llevar a cabo inmersiones a gran profundidad.
Ahora bien, ¿qué consecuencias acarrea la visión en el agua para el aparato ocular? Básicamente, hablamos de dos tipos de efectos: los inmediatos o y los tardíos. Dentro del primer grupo hay que situar efectos tales como la adhesión de las gafas de buceo que se produce durante el descenso, sea por inhalación brutal del aire contenido en las mismas o porque el sujeto se olvida de soplar de vez en cuando dentro de ellas. Otra consecuencia inmediata es la depresión que conlleva el descenso al fondo del mar, y que provoca un fenómeno de ventosa causante de hemorragias subconjuntivales más o menos importantes que pueden derivar en la aparición de una quemosis. Este accidente puede producir un reflejo oculocardiaco con síncope, responsable del ahogo subsiguiente.
Igualmente, debemos considerar los efectos del oxígeno. De hecho, el oxígeno a alta presión produce una vasoconstricción de los vasos retinianos y una reducción del campo visual periférico. Si la presión se eleva a 3 A.T.A. se presenta rápidamente una reducción bilateral y simétrica del campo visual, si bien la pérdida de la conciencia precede siempre a la ceguera completa. La recuperación tiene lugar, en todos los casos, en menos de una hora.
Otro aspecto a soslayar son los efectos del nitrógeno, descritos bajo el término de ‘narcosis de las profundidades’. El cuadro comporta, en esencia, una pérdida de la coordinación motora, una reducción de la capacidad mental y una modificación eufórica del humor, pero también genera alucinaciones visuales con alteraciones de los potenciales visuales evocados.
En cuanto a las consecuencias tardías que supone para la visión la inmersión en las profundidades marítimas, la primera cuestión a tener presente es que la práctica frecuente y repetitiva del buceo ejerce una disminución de la agudeza lejana y próxima, más importante en este colectivo que en otro grupo de población de la misma edad. La medicina ha descrito igualmente un aumento de las heteroforias, en especial de la exoforia, en los submarinistas que practican habitualmente esta actividad. Este aumento, al principio reversible después de la vuelta al suelo, parece tener tendencia a persistir en los sujetos que ya han cumplido una cierta edad.
Por otro lado, dada la persistencia, después de la vuelta al suelo, de gas circulante en la sangre, el submarinista puede percibir síntomas de aeroembolismo al viajar en avión si lo hace muy poco tiempo después de haber practicado el buceo. En este sentido, es conveniente dejar que transcurra un margen mínimo de tres horas para prevenir este tipo de síntomas. Para los vuelos no presurizados, en cambio, no parece existir peligro (en el caso de descompresión) si el intervalo entre el buceo y el vuelo alcanza las doce horas, y las 24 si se imponen escalas (Vieillefond). Como es lógico, los submarinistas que viajan en avión deberían hallarse al corriente de esta clase de riesgos.