El de carbonero es uno de esos oficios emblemáticos que merece la pena reivindicarse. Y no solo porque se trata de una profesión digna y honesta, además de entrañable, sino también por su indiscutible influencia en el rumbo de la política sanitaria. Al menos, en la de Baleares. Sí, ya que contrariamente a la creencia general, el carbonero está adquiriendo, en la sanidad de las islas, un incuestionable protagonismo que va mucho más allá de sus teóricas funciones. Eso sí, habituado a su cotidiana atmósfera oscura y casi claustrofóbica, propia del entorno de este oficio, el carbonero metido a cuestiones sanitarias también procura no salir demasiado a la superficie. Su labor es callada, sorda, incluso a veces imperceptible, pero de una efectividad demoledora. Tanto es así, que algunas de las decisiones más importantes que se están adoptando, en el campo sanitario, durante la actual legislatura, tienen la firma, aunque sea con pseudónimo, del carbonero. La firma oficial la ponen otros, pero el carbonero ya se preocupa de que sigan al pie de la letra sus instrucciones. Por cierto, que el Hospital General, cuyos quirófanos pretende cerrar el Govern a partir de este verano, se halla muy próximo a cierta mina de carbón donde un carbonero de guardia realiza su soterrado trabajo a conciencia.