
La tozudez del actual conseller de Salut y sus colaboradores está adquiriendo tal magnitud que muy bien podría decirse que no tiene parangón. Sin embargo, sí que lo tiene. Ese parangón es la realidad. Sí, porque la realidad supera en tozudez y cabezonería a Vicenç Thomàs y a quien se le ponga por delante, y estos pasados días acaba de ofrecernos una nueva muestra de su empecinamiento. Estamos hablando, lógicamente, de la divulgación de las listas de espera quirúrgica, que tras un periodo de relativa bonanza que se ha prolongado a lo largo de tres años, están ofreciendo síntomas evidentes de desbocamiento, reeditando situaciones que en la sanidad pública balear parecían, si no desterradas, sí al menos claramente paliadas.
Los últimos datos al respecto, que detallamos pormenorizadamente en el artículo de cabecera del presente número de Salut i Força, resultan más que elocuentes. Por eso decimos que la realidad es tozuda, porque a pesar de que el conseller y su equipo se empeñen en decirnos que la situación permanece equilibrada y que no hace ninguna falta continuar con la actividad quirúrgica en el Hospital General, las estadísticas sobre las listas de espera relativas al primer trimestre de 2008 dibujan un horizonte muy diferente. Tan diferente, como preocupante.
La tozudez del conseller, sin embargo, le impide darse cuenta de que la realidad le gana por la mano en este aspecto, y por ello insiste en que el Hospital General debe convertirse en una especie de balneario sociosanitario abandonando cualquier pretensión de actividad quirúrgica.
Los documentos gráficos que les ofrecemos en el reportaje de las páginas 4 y 5 muestran hasta qué punto la gestión de la política sanitaria autonómica se ha convertido en un auténtico disparate: quirófanos construidos hace apenas unos años que han dejado de funcionar, habitaciones desmanteladas, servicios sin actividad… Y todo ello en un contexto, el de la sanidad pública balear, cada vez más problemático en lo que a saturación de la demanda asistencial se refiere. El conseller de Salut se parece al paseante que se niega a abandonar la vía del tren, porque considera que es el tren el que ha de cambiar de dirección. El problema es que el tren no lo hará, y le atropellará a él y, por extensión, a todos los usuarios de la medicina pública.