
Las fiestas de Navidad son siempre unas fechas temibles desde el punto de vista médico y hospitalario.
Es una época de comilonas y otros excesos poco o nada saludables, accidentes de circulación, intoxicaciones etílicas y, por supuesto, de recrudecimiento de las patologías de salud mental que, como por arte de magia, se intensifican de manera más que notoria en estos días.
Estamos hablando, lógicamente, de las depresiones navideñas.
¿Qué ocurre en Navidad para que los estados de ánimo se alteren hasta el punto de precisar, en algunos casos, ayuda médica urgente?
Esta es una pregunta que la psicología está tratando de contestar desde hace tiempo. Quizás no exista una respuesta precisa, definida y definitiva, pero, desde luego, sí que se han esbozado no pocos factores parciales que pueden ayudarnos a comprender por qué, en determinadas circunstancias y en perfiles de personalidad igualmente concretos y específicos, la Navidad surte un efecto letal en el equilibrio anímico.
La soledad es uno de esos factores. Por supuesto, hablamos de soledad en un sentido integral, no como simple coyuntura pasajera o social. Nos referimos a la soledad espiritual, a la soledad del alma, que casi nos induce a diluirnos como un azucarillo en el marasmo de la vida y el trasiego de la sociedad opulenta. La Navidad favorece este tipo de procesos cuando alguien se siente solo. Cuando es una situación no aceptada ni deseada, sino forzada por las circunstancias o las limitaciones propias y ajenas, la soledad está unida, indesligablemente, a la tristeza y al pesimismo, y esos sentimientos chocan cruelmente con una sociedad que, en las fechas navideñas, se muestra más alegre y esplendorosa que nunca.
Cada botella de cava que se descorcha, cada grito de felicidad que se prorrumpe, es un aldabonazo tóxico en el equilibrio psíquico de la persona deprimida. Precisamente, cuando el mensaje general es que hay que disfrutar de la felicidad, la ausencia de la misma se deja sentir de forma inmisericorde.